55. Lo que cambia de nombre
Lara nos citó en una biblioteca vieja, una de esas que sobreviven más por terquedad que por presupuesto. El aire olía a papel mojado, a madera fatigada y a esa clase de paciencia que solo los lugares silenciosos conocen. Las lámparas amarillentas hacían un círculo de luz sobre las mesas, como si protegieran pequeñas islas de concentración. Lara estaba en una de ellas, con un saco claro que no le había visto antes y una expresión decidida, como si hubiera cruzado una puerta interna y ya no pudiera regresar.
—No vine a negociar —arrancó apenas nos sentamos—. Vine a testificar. Preparé una declaración y copias certificadas de contratos. Si me llevan, que sea mirada. No pienso desaparecer entre papeles otra vez.
La frase cayó con un peso distinto, más moral que dramático. Nos acomodamos en una mesa lateral, medio escondidos detrás de un atlas enorme y una mujer que hacía crucigramas con una precisión que me intimidó. La biblioteca era perfecta: demasiado tranquila para sospechas, demasiad