55. Lo que cambia de nombre
Lara nos citó en una biblioteca vieja, una de esas que sobreviven más por terquedad que por presupuesto. El aire olía a papel mojado, a madera fatigada y a esa clase de paciencia que solo los lugares silenciosos conocen. Las lámparas amarillentas hacían un círculo de luz sobre las mesas, como si protegieran pequeñas islas de concentración. Lara estaba en una de ellas, con un saco claro que no le había visto antes y una expresión decidida, como si hubiera cruzado una puerta interna y ya no pudie