54. Puntos de Fuga

Llevamos a Vera a la casa del maestro, todavía temblándole un poco la voz y el cuerpo, como si la hubieran devuelto a medias del lugar donde la tuvieron. El maestro la recibió con caldo caliente y una manta gruesa, de esas que parecen tejidas con paciencia y no con lana. No hay medicina más honesta que esa: calor, tiempo y alguien que te mire sin preguntas urgentes. Vera se dejó envolver, cerró los ojos un instante, y supe que por primera vez en días estaba en un lugar que no quería devorarla.

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