54. Puntos de Fuga
Llevamos a Vera a la casa del maestro, todavía temblándole un poco la voz y el cuerpo, como si la hubieran devuelto a medias del lugar donde la tuvieron. El maestro la recibió con caldo caliente y una manta gruesa, de esas que parecen tejidas con paciencia y no con lana. No hay medicina más honesta que esa: calor, tiempo y alguien que te mire sin preguntas urgentes. Vera se dejó envolver, cerró los ojos un instante, y supe que por primera vez en días estaba en un lugar que no quería devorarla.
Rocío cayó rendida en un colchón improvisado. No se movió, no habló, no forcejeó con pesadillas: simplemente durmió. Un sueño entero, profundo, casi infantil. El perro del maestro, que siempre decide mejor que cualquiera quién necesita compañía, se acomodó a los pies de su cama, vigilante. Parecía entender que su respiración todavía estaba recuperando el ritmo correcto, como si hubiera olvidado la cadencia natural de estar viva sin correr.
Yo me encerré en el cuarto pequeño con el sobre de carta