53. La ecuación del miedo
Vera respiraba en mi pantalla como si el aire del mundo se hubiera reducido a la franja estrecha entre su voz y mis dedos. Quizá dependía de eso. Quizá su vida colgaba, literalmente, de que yo respondiera en el tiempo exacto y con las palabras correctas. HLK nunca pide rescates simples; siempre ocultan algo detrás del mensaje, una segunda intención, un cálculo que no permite errores. Esta vez, querían el anillo llave que Fran le había arrancado a Tomás, el mismo que había iniciado una cadena de cosas que todavía no terminábamos de entender.
El acuerdo era simple en apariencia: intercambio en el estacionamiento de un hipermercado, un espacio demasiado amplio, demasiado iluminado, donde las sombras se multiplicaban en vez de esconderse. Los lugares así no son neutrales; son campos de juego diseñados para que siempre haya un punto muerto que nunca ves hasta que ya estás en él.
—No vamos a darles el original —dijo Fran, sin levantar la voz, como quien anuncia una condición del clima.
—Vam