41. Línea de fuego

El golpe en la nuca me hizo ver luces azules por dentro de los ojos, pero no me tumbó. El hombre de capucha tiró del collar y mi pequeño lobito lanzó ese gruñido que aprendí a traducir como “todavía soy más bravo de lo que parezco”. Salté. No pensé. Le agarré la muñeca con ambas manos y mordí con toda la rabia que me había quedado del incendio. El tipo soltó. El perro se me pegó a las piernas, erizado.

—¡Correte, Mile! —escuché a Fran, ronco, detrás de mí.

Me giré. Dos figuras más aparecían entre humo y sirenas que ya parecían decorado. Una mecha humeaba todavía en el suelo. Corrimos hacia la salida lateral del galpón. Fran me empujó primero; yo jalé al perro. Afuera, la noche olía a nafta y a maíz mojado. La cooperativa ardía en un naranja sucio. Gente gritando, sombras corriendo, autos arrancando.

—¿Y Rocío? —pregunté.

—Del otro lado —dijo Fran—. No llegamos si nos cercan ahora.

Una camioneta blanca sin logos dobló a toda velocidad. Frenó de costado, piedras contra los guardabarros.
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