41. Línea de fuego
El golpe en la nuca me hizo ver luces azules por dentro de los ojos, pero no me tumbó. El hombre de capucha tiró del collar y mi pequeño lobito lanzó ese gruñido que aprendí a traducir como “todavía soy más bravo de lo que parezco”. Salté. No pensé. Le agarré la muñeca con ambas manos y mordí con toda la rabia que me había quedado del incendio. El tipo soltó. El perro se me pegó a las piernas, erizado.
—¡Correte, Mile! —escuché a Fran, ronco, detrás de mí.
Me giré. Dos figuras más aparecían ent