40. Lo que arde bajo la calma
Entramos por puertas distintas, como habíamos ensayado con una sola mirada durante el camino. El galpón parecía, a primera vista, inofensivo: paquetes apilados con demasiado cuidado, herramientas limpias como si nadie las hubiera usado en meses, olor a aceite y madera húmeda. Un sitio que pretendía ser desordenado pero no sabía fingirlo bien. Las luces altas zumbaban como una advertencia.
En el centro, había una mesa plegable con una carpeta abierta. Una trampa educada: tan visible que parecía