42. Conteo regresivo

El pueblo tiene doce salidas reales y cuatro imaginarias. Los que juegan sucio siempre se equivocan en las imaginarias. Con la camioneta blanca al acecho y la cooperativa ardiendo, necesitábamos borrarnos sin desaparecer. El plan: pasar por visibles donde nadie nos va a mirar dos veces.

—Vamos al club —dije.

—¿Al club? —Mile arqueó una ceja.

—Noche de truco. Mucho ruido civil. Nadie dispara donde todos saben tu apellido.

Caminamos por la avenida lateral con la calma aprendida que se usa en incendios: pasos normales, cabezas erguidas, el perro con correa. Dentro del club, olor a fideos, madera encerada y colonia barata. Saludos en voz baja. “¿No son…?”. “Sí, pero hoy no ven nada.” Un mozo me guiñó como si estuviéramos en una película. En el baño del fondo, saqué el sobre con las copias que rescatamos del galpón. Moho en las paredes; fluorescentes que zumban como abejas. Mile apoyó la espalda en la puerta.

—¿Qué ves? —preguntó.

Abrí el pliego grande: Proyecto Madre. Columnas de “donacio
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