38. El fuego y la calma

Esa noche, después de la sopa caliente y del ritual casi sagrado de que la tía apagara las luces del comedor mientras dejaba la radio muy baja —siempre esa emisora que parece transmitir desde otra década—, el silencio nos rodeó sin pedir permiso.

La casa respiraba como si también necesitara descansar. El perro se acomodó junto a la heladera y empezó a roncar con ese sonido profundo que hacen solo los animales que se sienten seguros. Era como si supiera que nos debía ese espacio, como si hubiera
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