39. La mentira perfecta.
El día siguiente nos regaló un sol limpio, de esos que parecen inventados para engañar: una luz nueva sobre un pueblo que todavía huele a tormenta. Las calles estaban húmedas y el aire cargaba esa mezcla de pan, tierra mojada y rumores que solo existe en lugares pequeños. Fran y yo salimos temprano; la tía insistió en que desayunáramos primero, como si el cuerpo necesitara estar entero para poder mirar de frente lo que estaba por venir.
Fuimos al mercado a comprar pan, pero volvimos con lo que