33. La ciudad que ya no existe
Volví al pueblo con un bolso, mi perro y una promesa que me dolía en los dientes, como si cada vez que pensaba en ella me crujiera la mandíbula. La carretera parecía más estrecha que cuando me fui, como si los árboles hubieran decidido cerrarse sobre el camino para impedir que regresara. Ellos no habían cambiado, pero yo sí. Todo en mí era nuevo y viejo al mismo tiempo: un cuerpo que volvía, pero un alma que seguía allá, atrapada entre ruido y ceniza.
La estación vieja seguía oliendo a pan por