34. El eco del archivo
Fran.
Llegué al pueblo por la ruta secundaria, con un nombre de mentira y la verdad clavada detrás de los ojos como una astilla que no podía sacar. Conducir entre curvas y pastizales me dio la falsa idea de que avanzaba hacia un lugar seguro, pero sabía que no existía tal cosa. Me alojé en una hostería donde todavía anotan en un cuaderno amarillo y firman con birome, como si el tiempo hubiera quedado detenido treinta años. La dueña, una mujer de anteojos gruesos y sonrisa cansada, me preguntó