104. Aire
La puerta se abrió a un amanecer que olía a pasto mojado y a resaca de tormenta, como si la noche hubiera lavado algo que no sabía nombrar. La luz no fue violenta; fue paciente. Me arrodillé sin plan, sin épica, y apoyé la frente en la tierra fría. El cuerpo decidió antes que yo. Sentí el pulso del suelo subir por los huesos de la cara y acomodarme la respiración a la fuerza, como cuando alguien te recuerda que todavía estás acá.
Lobito salió disparado y después volvió, dudando, como si el afuera fuera demasiado grande para confiar de golpe. Se revolcó en el pasto con una felicidad indecente, panza al cielo, patas en el aire. Pensé que tenía razón: el mundo era suyo un poco más desde ese segundo.
Lara se quedó de pie, quieta, mirando. Después inhaló aire de afuera con una avidez que me partió algo adentro. No fue una respiración normal; fue una toma larga, profunda, como si quisiera guardarse el cielo en los pulmones por si volvía a faltar.
—No había cielo allá —dijo, simple, sin d