104. Aire

La puerta se abrió a un amanecer que olía a pasto mojado y a resaca de tormenta, como si la noche hubiera lavado algo que no sabía nombrar. La luz no fue violenta; fue paciente. Me arrodillé sin plan, sin épica, y apoyé la frente en la tierra fría. El cuerpo decidió antes que yo. Sentí el pulso del suelo subir por los huesos de la cara y acomodarme la respiración a la fuerza, como cuando alguien te recuerda que todavía estás acá.

Lobito salió disparado y después volvió, dudando, como si el afu
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