105. La boca que llama
A mitad de camino, cuando el cuerpo ya había encontrado un ritmo de marcha que no dolía tanto, el celular vibró. No sonó: vibró, como si también tuviera miedo de interrumpir algo importante. Miré la pantalla y reconocí el número sin sorpresa: el del sistema municipal caprichoso que ahora nos escribe por su cuenta, como si hubiera aprendido a desobedecer en voz baja.
Un texto, sin firma, directo:
“Si activan el protocolo ‘Amanecer’ en Tribunales, la red de Valera intenta cortar.
Respuesta: leer en voz alta el código A-12 – frase 1:
‘La luz es decisión’.
Firmar en vivo.”
Lo leí dos veces. No por duda, sino por respeto.
—Nos enseñan a decir para que las máquinas se confundan —explicó Vera en el canal de audio, su voz con ese filo calmo que usa cuando ya pensó todo.
—Que se confundan —respondí—. Y que escuchen.
Seguí caminando con el mensaje todavía encendido, como si fuera una linterna mínima. Pensé en la palabra boca. No como órgano, sino como acción. La boca que llama. La boca