103. Respiración común
El corredor B-7 estaba marcado con números pintados hacía años, de esos que nadie vuelve a repasar cuando cree que el lugar ya no importa. Cada veinte metros, una válvula. Algunas tenían pintura descascarada; otras, marcas de manos que no coincidían con ninguna señalización oficial. El maestro nos guiaba por radio con una serenidad que no se improvisa, como quien dirige una comparsa en carnaval y sabe que el ritmo sostiene incluso cuando el piso tiembla.
—Abrí la tres dos vueltas. Cerrá media la cinco. No corran todos juntos. Si oyen agua, se pegan a la pared.
La voz llegaba con interferencias, pero clara en lo esencial. Obedecimos. Cada giro de válvula era una negociación con la presión, con el tiempo y con la montaña que seguía respirando por su cuenta. El aire cambiaba apenas, pero se sentía: un poco menos pesado, un poco más compartido.
Lara me tocó el codo, un gesto breve, casi técnico, pero cargado de intención.
—No vine para que me rescaten —susurró—. Vine para rescatar est