El portón de hierro se abrió despacio. El coche subió la cuesta flanqueada por árboles altos. Al final, apareció la casa: una mansión grande, de piedra clara, con ventanas que daban al mar. Horus la había comprado hacía tiempo, pensando en este momento.
– Bienvenida a casa, Senay, – dijo Horus, su mano fuerte sobre la de ella.
Senay sintió algo en el pecho, pero trató de estar tranquila. Era la casa de él, sí, pero ella la haría suya poco a poco. Salieron del coche. Olía al mar y a pino.
Al ent