Capítulo L

La tensión, esa capa fría que había cubierto la mansión de Malibú durante toda una semana, estaba bajando poco a poco. No se había ido del todo, pero ya no era un muro de hielo, sino una niebla que comenzaba a disiparse con la luz del sol.

Los días pasaban en un silencio cómplice. Horus y Senay no hablaban del bebé, de la pérdida ni de la tristeza. No se atrevían a nombrar la herida, pero se cuidaban con pequeños gestos que solo ellos entendían. Era un pacto silencioso de supervivencia. .

Senay
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