La enfermería improvisada en la base de operaciones de Nicolai olía a yodo, a sudor frío y a la angustia de la derrota. Horus yacía en una camilla, su cabeza vendada y un dolor sordo palpitándole detrás del ojo. La explosión no lo había matado, pero lo había silenciado, dejándolo a merced del miedo y la impotencia. A su lado, Elif veía con algo de miedo todo lo que sucedía. Su rostro estaba pálido, sus manos se retorcían en el borde de su falda. Observaba a su cunado, el hombre de acero, reduci