El olor a pólvora y la adrenalina se desvanecían, dejando un vacío helado en el pecho de Ahmed. La explosión había sido una catarsis, una purga violenta de su pasado, pero el futuro seguía siendo una promesa vacía que dependía de la fuga.
Senay, en su papel de demente, actuaba como el ancla de esa fantasía. Su mutismo, sus ojos vidriosos y el mecerse constante eran el lienzo perfecto para las proyecciones de Ahmed. Él no la veía rota; la veía "purificada", protegida de la maldad de la familia.