Mundo ficciónIniciar sesiónEl hombre levantó su vaso de whisky y le dio un sorbo lento, sin apartar esos ojos oscuros e intensos de ella.
Amanda se removió en el sofá, sintiendo un calor repentino trepándole por el cuello.
—Buenas noches —murmuró él, con un tono más bajo y rasposo de lo normal, una modulación que Víctor había practicado hasta el cansancio para no ser descubierto—. Eres mucho más hermosa de lo que imaginé.
Amanda se ruborizó de golpe.
Agarró su copa de Martini y le dio un trago largo, buscando que el alcohol le calmara el temblor de las manos.
—Gracias —respondió ella, con una timidez que a Víctor le pareció fascinante—. Tú tampoco te quedas atrás. Eres... diferente a lo que esperaba.
La charla fluyó entre tragos rápidos y miradas cargadas de una intención que cortaba el aire. Ambos estaban nerviosos.
Amanda, porque jamás había hecho algo tan atrevido; y Víctor, porque tener a su propia esposa frente a él, mirándolo con un deseo intenso, lo estaba volviendo loco.
De pronto, el ritmo de la música cambió a una melodía más lenta, envolvente y pesada.
—Ven —le pidió él, extendiéndole la mano—. Bailemos.
Amanda dudó un segundo, pero la curiosidad y los martinis hicieron efecto. Tomó su mano.
Al instante, una corriente eléctrica le recorrió la piel; había algo absurdamente familiar en el tamaño de su palma, en la firmeza de su agarre, pero el ambiente y el alcohol nublaron sus sospechas.
En la pista, él rodeó su cintura estrecha, apegándola por completo a su cuerpo. Amanda cerró los ojos y se dejó llevar por la música.
Para Víctor, tenerla así era una tortura deliciosa. Estaba acostumbrado a la Amanda de sociedad: rígida, acartonada, envuelta en telas pesadas.
Verla ahora, relajada, joven, moviendo las caderas con una sensualidad natural, hizo que la sangre le bombeara con fuerza en la entrepierna.
Un deseo atroz y repentino lo invadió, y Amanda no tardó en sentir la dureza de su polla presionando contra ella.
El hombre tragó saliva, intentando controlarse, y pegó los labios a su oído.
—¿Qué hace una mujer tan espectacular buscando compañía en una cita a ciegas? —susurró.
Amanda abrió los ojos y apoyó la barbilla en su hombro.
—Huyendo. Escapando por una noche de la prisión de mi matrimonio.
—¿Huyes de tu esposo? —preguntó Víctor, sintiendo que un nudo se le formaba en la garganta.
—Sí, es un patán. Un miserable egoísta al que no quiero ni nombrar esta noche —sentenció ella, con un tono tan cargado de rencor que Víctor sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho.
La odiaba. Realmente no lo quería ni un poquito.
El golpe a su ego fue brutal, pero en lugar de alejarlo, encendió una chispa irracional en su hombría.
Le levantó el rostro tomándola por la barbilla y estrelló su boca contra la de ella.
Fue un beso hambriento, desesperado, lleno de pasión. Amanda se sorprendió al principio, pero la calidez de su lengua y la fuerza de sus brazos la hicieron ceder.
Se olvidó de todo lo que la atormenta, del club, del escándalo y hasta de su amiga Adriana que la esperaba en la barra.
Entre besos húmedos y caricias intrépidas por su espalda, él se separó unos milímetros.
—Vámonos a un hotel. Ahora.
Amanda se quedó sin aire. Su mente le gritaba que se detuviera, pero su cuerpo, hambriento de atención y deseo, terminó cediendo. Asintió con la respiración entrecortada.
El trayecto fue un borrón. Al entrar a la lujosa habitación del hotel, el hombre empujó la puerta con la espalda y de inmediato apagó el interruptor principal.
El lugar quedó sumido en una penumbra total, iluminado apenas por el tenue resplandor de las luces de la calle que se colaban por las cortinas.
Víctor no quería arriesgarse a que lo viera de cerca. La acorraló contra la pared fría, devorándole los labios mientras sus manos bajaban el cierre del vestido de Amanda.
La tela cayó al suelo. Él comenzó a trazar un camino de besos ardientes por su cuello, bajando hasta su pecho.
Acarició sus senos, tomando sus pezones entre los dedos, pellizcándolos con una suavidad que le arrancó a ella un gemido.
La estaba tratando con ternura y pasión, conteniendo sus propios instintos salvajes porque sabía perfectamente que, bajo esa fachada de rebeldía, su esposa seguía siendo virgen.
La levantó en brazos y la depositó sobre las sábanas de seda. Amanda temblaba de deseo y miedo cuando sintió el peso del cuerpo de él cubriéndola.
Se dejó llevar, dispuesta a olvidar para siempre la infidelidad de su marido, sin saber que era el mismísimo Víctor quien estaba a punto de hacerla suya.
Cuando él se acomodó entre sus piernas y comenzó a empujar lentamente, un ardor agudo atravesó a Amanda. Se tensó por completo, apretando los párpados.
Él se detuvo de inmediato, besando su frente empapada en sudor.
—Todo estará bien, el dolor pasará —susurró él, rozando su nariz con la de ella.
Amanda abrió los ojos en la oscuridad, con el corazón desbocado. Una intranquilidad terrible la invadió de golpe. Ella jamás le había dicho que era virgen.
¿Cómo demonios sabía que le estaba doliendo de esa forma? Era como si él la conociera por completo.
Pero antes de que pudiera formular una pregunta, él volvió a moverse con una lentitud exquisita, llenándola centímetro a centímetro.
El dolor comenzó a disolverse, dándole paso a una corriente de placer tan deliciosa que a Amanda no le quedó más remedio que aferrarse a sus hombros.
Se rindió al fuego de la pasión.
Soportó el trance en silencio, ahogando sus gemidos y jadeos contra el cuello del hombre, dejándose arrastrar por una marea de sensaciones que jamás imaginó sentir.
Sumida en la oscuridad, sintió el peso de su mirada. Sentía el calor de sus ojos recorriéndola, así como sus manos desataban el caos en su piel.
—Qué divino es hacerte mía... —musitó él a su oído, con una voz tan erótica que le erizó hasta la última fibra del cuerpo.







