El aire en la habitación era denso, casi no se podía respirar. Sentía como si el tiempo se hubiera detenido. Mi cuerpo sufría hasta con el movimiento más mínimo, pero el verdadero dolor estaba en mi pecho, donde la desesperanza y el abandono habían echado raíces. Había perdido la cuenta de los días, semanas e incluso meses desde que había sido encerrada en esa casa, en la que se suponía sería mi lugar seguro. Cada rincón de esas paredes parecía gritarme cada dos segundos que nunca sería capaz d