El bate cayó con una fuerza sobrenatural. Su sonido asesino pasó a centímetros de mi cabeza y se estrelló contra la pared más cercana.
El impacto retumbó en mis huesos. Grité, sí, pero no me encogí. Tampoco me congelé. Mis piernas, alimentadas por un instinto animal de supervivencia, anularon cualquier pensamiento coherente y me hicieron empujar a Adrik con fuerza hacia atrás.
Apenas se movió unos centímetros, pero fue suficiente para darme el espacio necesario y correr lejos de él, en direcció