El tiempo se paralizó y mi mente comenzó a trabajar más rápido que de costumbre. La idea se coló en ella y se negó a irse.
No había otra opción, no si quería salir viva de aquí.
No si quería que mis bebés nacieran.
Mi mano se enroscó con nerviosismo alrededor del mango.
—Nadie va a rescatarte, esposa —murmuró Adrik. Algo en sus ojos cambió; ya no había odio, sino un triunfo absoluto y retorcido. Eso me hizo temblar—. Ya deja de esperarlo... Él nunca te mereció. Solo yo supe qué hacer contigo..