Una furia creciente me recorría las venas como fuego líquido, destrozando todo a su paso. El eco de la llamada aún me quemaba en los oídos; seguía sin saber cómo había pasado.
Adrik estaba libre.
¡Libre, maldita sea!
El bastardo había escapado, quién sabe cómo, y mi cabeza no podía dejar de imaginarlo acechando entre las sombras, esperando el momento perfecto para volver a hacer lo que mejor le salía; destrozar. Y ahora que Cassia estaba embarazada… ahora que, por fin, la vida nos había dado un