Me convertí en la obsesión del mafioso.

Me convertí en la obsesión del mafioso.ES

Romance
Última actualización: 2025-12-31
Thewhick  Completo
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Resumen
Índice

Vanessa descubre la infidelidad de su esposo Gael con nadie menos que su propia media hermana cuando ella misma es la que ayuda a esta a dar a luz. Decidida no quedarse en un matrimonio fallido pide el divorcio y escapo a otra ciudad para iniciar de nuevo y llevar a salvo su propio embarazo del cual su esposo duda de que sea de el. En esta nueva ciudad conoce a un Mafioso al cual luego de salvarle la vida se ve atada a su obsesión por ella. La vida de Vanessa se ve afectada llena de intrigas cuando ella lo único que deseaba era una vida tranquila para su hijo.

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Capítulo 1

capitulo 1. Mala jugada del destino.

POV VANESSA RAMÍREZ:

Estoy en el trabajo, atrapada en la rutina, cuando de repente, mi mano temblorosa decide enviarle un mensaje a mi esposo, como si necesitara una prueba de que todavía puedo sentir algo por él, por nosotros.

—Amor, adivina qué... Hoy no haré horas extras. ¿Qué te parece una cena romántica para celebrar nuestro aniversario? —escribo, con la esperanza de que esas palabras puedan devolvernos a aquel tiempo en que éramos solo tú y yo, sin sombras ni dudas.

Dejo el celular a un lado, sintiendo cómo el peso de esa simple acción me aplasta el pecho. Me quedo mirando mi anillo, acariciándolo lentamente, recordando aquel día en que dijimos “sí” para siempre, en medio de promesas y sueños que ahora parecen tan lejanos.

Gael y yo llevamos tres años de casados, pero hoy, en nuestro tercer aniversario, siento que todo se está desmoronando. Como ginecóloga obstetra, mi carrera avanza a pasos agigantados, pero en ese avance, también se lleva nuestra conexión, nuestra intimidad, esa chispa que nos hacía únicos. He estado haciendo horas extras sin descanso, buscando un aumento, una razón para no depender solo de él, para no sentir que mi lugar en su vida se está diluyendo.

Y en medio de esa lucha interna, mi corazón clama por él. Quiero volver a sentir esa cercanía, esa pasión ardiente que nos unía, pero el temor a perderlo todo me consume. Hoy, incluso, rechacé una propuesta de cambio de trabajo, porque sé que lo que más necesito ahora es recuperar lo que hemos perdido. La idea de que nuestro amor se desvanece, que se escapa entre mis dedos, me aterra.

Frente a mi escritorio, veo la bolsa con la lencería especial que compré para sorprenderlo, para revivir esa chispa. Quiero que esta noche sea nuestro renacer, que volvamos a encontrarnos en la cama, en esa intimidad que tanto añoro. Extraño sus besos, sus caricias, esa forma tan única en que hacemos el amor. Solo pensarlo me sonroja, y en ese instante, mi amor por él se vuelve un torbellino de emociones, una mezcla de deseo, miedo y esperanza. Aún me veo en el espejo, esa joven enamorada, la mujer que se siente la más afortunada del mundo por tenerlo a su lado, pero también la más vulnerable.

Y justo cuando mi mente se sumerge en esas fantasías, la alarma suena, brutal y despiadada, rompiendo el silencio con su cruel realidad.

—Doctora, una paciente en labor de parto acaba de ingresar, la necesitamos de inmediato.

Mi cuerpo se tensa, y en un instante, me preparo para lo que vendrá. Salgo corriendo hacia la sala de parto, y allí, entre la penumbra, veo a nadie menos que mi media hermana, Dora, sufriendo en agonía sobre la camilla. La sorpresa me golpea con fuerza: no sabía que ella esperaba un bebé. La reviso con rapidez, confirmando que es mi hermana menor. La historia de nuestra relación se enreda en sentimientos encontrados: ella fue desplazada desde su nacimiento, siempre tratada como la hija favorita de mis padres, mientras yo era solo un estorbo en su vida. Pero en ese momento, todo eso desaparece. Solo me importa ayudarla en ese instante crucial.

—¿Ya le suministraron el epidural? —pregunto, intentando mantener la calma.

—Sí, doctora, pero su presión está demasiado alta y los latidos del bebé son débiles.

Reviso rápidamente, y al verla abrir los ojos con dificultad, noto su miedo y sorpresa al reconocerme. Su voz apenas un susurro, casi un lamento:

—¿Vanessa, eres tú?

—Soy yo —le digo con voz firme, aunque por dentro mi corazón se estremece—. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Dónde está tu esposo?

—Ya... ya habrá tiempo para ponernos al día. Ahora, ayúdame, me duele muchísimo, por favor.

La traslado de inmediato a la sala de operaciones. La tensión se vuelve insoportable. Dora está perdiendo demasiada sangre, y yo, con todos mis conocimientos y nervios, intento mantener la compostura. La enfermera no deja de secar el sudor que me recorre la frente, mientras luchamos por salvar a ese pequeño ser que lucha por nacer.

El cordón umbilical oprime su cuello, y mi corazón se acelera, casi sin oxígeno, al ver que está en peligro mortal. Con manos temblorosas, hago todo lo posible, hasta que la dulce voz de la enfermera y el llanto del bebé me sacan de ese trance oscuro.

—El bebé ya respira —dice la enfermera, con una sonrisa de alivio.

Lo traslado rápidamente a cuidados intensivos, y solo entonces, puedo permitirme un respiro. Dora, con un esfuerzo sobrehumano, logra estabilizarse. La veo ser trasladada a su habitación, y por fin, puedo mirar mi reflejo. Estoy cubierta en sudor, agotada, pero aliviada. Ellos están bien.

Luego de un cambio de ropa, más relajada, regreso a mi despacho y miro la hora. ¡Ya es muy tarde! Me dejo caer en la silla, cansada, con el corazón en un puño. El mensaje que le envié a Gael sigue en visto, sin respuesta. La incertidumbre me devora: quizás está muy ocupado, o quizás, en lo más profundo, está enojado conmigo por otra vez fallarle.

No puedo dejar de revisar el chat, esperando una señal, alguna respuesta, alguna esperanza. Pero nada. Solo esa sensación desagradable de que algo no está bien, que todo se está desmoronando.

Al terminar mi última revisión, todo parece en orden: el bebé duerme plácidamente en la incubadora, estable, y eso me da un poco de paz. Emprendo el regreso a casa, pero al abrir la puerta, la oscuridad me golpea como un puñal. No hay señales de nadie en todo el día. La heladera huele a comida china, y esa fragancia envenena mi estómago. Corro al baño, y tras lavarme, una chispa de esperanza se enciende en mí. Saco una prueba de embarazo del cajón y, con el corazón en la boca, espero el resultado en el lavabo.

Y allí, en esa pequeña pantalla, aparecen las dos rayitas que tanto soñé. La felicidad me invade, pero también la duda y el miedo. Es el resultado de aquella noche hace dos meses, cuando Gael llegó borracho, celebrando un éxito laboral, con esa sonrisa cálida que tanto amo. La noche en que creí que todo volvería a ser como antes, que nuestra historia tendría un nuevo comienzo.

Pero la realidad, cruel y despiadada, me golpea con fuerza. La mañana llega llena de esperanza y nerviosismo. Salgo de casa, rumbo al hospital, con la ilusión de ver a mis padres en la habitación de Dora. Pero lo que encuentro me congela: Gael, sosteniendo en sus brazos a ese bebé, con una emoción que no reconozco. ¿Desde cuándo ellos dos son tan cercanos? ¿Qué está pasando?

—¿Cuándo llegaste? ¿Cómo es que sabes del bebé de Dora si yo no tenía idea? —pregunto, con la voz temblando.

Él me corta de inmediato, frunciendo el ceño, dándole la espalda.

—No es momento para eso ahora, Vanessa.

Mi corazón se clava como una daga, pero intento mantener la compostura. Sin embargo, la duda y el dolor me atraviesan. Verlo allí, tan cercano a esa familia que no es la nuestra, me llena de una angustia que no puedo describir.

Miro a Dora, que ya tiene un color más saludable en sus mejillas, y pregunto:

—¿Dónde está Fernando?

Ella desvía la mirada, balbuceando que están divorciados.

—Fernando me maltrataba, por eso nos separamos hace tiempo.

Sé que Fernando no es esa clase de hombre, pero en ese momento, no puedo evitar sentir que algo no encaja. La tensión crece, y mi mirada se fija en Gael, que aún me ignora desde la esquina.

—Gael, tenemos que hablar —le digo, con la voz rota.

—Luego, Vanessa. No ves que todos aquí estamos celebrando la llegada de este pequeño ángel.

—¿Sabes quién es el padre del bebé? —pregunto, con el corazón en un puño.

—Fernando, ¿quién más podría ser? —responde con dureza.

Mi intuición me grita que algo está mal, que esa historia no cuadra. Pero tengo que marcharme, dejando esa falsa felicidad atrás, mientras mi alma se rompe en mil pedazos. La habitación se vuelve un recuerdo amargo, y en mi mente, solo queda una imagen que no puedo borrar: esa frase que retumba en mi cabeza, esa que me congela el corazón:

—A mi pequeño Gael le gustan los brazos de su papi.

Esa simple frase, que resuena como un eco en mi pecho, me atraviesa con una intensidad desgarradora, y siento que el dolor me consume por dentro.

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