El sol del amanecer se elevaba sobre el Caribe como un fuego lento, tiñendo el mar de tonos anaranjados y rosados que bailaban en las olas, mientras el yate de Adrián se mecía suavemente en la bahía de Cartagena. El aire estaba cargado de salitre, pólvora residual y el eco distante de sirenas que se acercaban desde el puerto —la policía local, comprada con billetes sucios que Adrián repartiría como confeti para tapar el lío—. Yo estaba sentada en la cubierta, con las rodillas pegadas al pecho,