Desperté sola en la cama enorme de la suite principal, con las sábanas revueltas como un campo de batalla y el aroma de Adrián aún impregnado en las almohadas: sándalo, humo y ese toque salado del mar que siempre lo seguía, como si el Caribe se le hubiera pegado a la piel. El sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales, iluminando el caos de la habitación —mi camisón tirado en el suelo, su pistola sobre la mesita de noche, un recordatorio frío de que el romance de anoche era solo un