El sobre con la foto se quedó sobre la mesa del comedor como una serpiente venenosa, su papel grueso absorbiendo la luz matutina que entraba por los ventanales de la mansión. Yo lo miraba fijamente, el círculo rojo alrededor de mi cuello en la imagen —nosotros besándonos en el yate, bajo la luna de Cartagena— quemándome los ojos como ácido. Adrián estaba a mi lado, su mano en mi hombro, pero su cuerpo era una estatua de tensión: hombros anchos rígidos bajo la camisa blanca arremangada, mandíbul