KOSTAS.
No puedo soltarla. No quiero. La abrazo, pero la posesión no es suficiente.
Me levanto de golpe, alzándola sin esfuerzo. Ella suelta una risa, un sonido puro que rompe la pesadez de la noche. Se aferra a mi cuello, sus piernas rodeando mi cintura.
—Vaya —dice, con la cabeza echada hacia atrás, mirándome con una sonrisa pícara—. Eres un mafioso caballero.
Mis labios encuentran su cuello.
—Solo contigo, Leona. Solo contigo me permito ser algo más que un animal.
Ella suspira, apretándome m