MELISA
Kostas me guía a través de un pasillo que no reconozco. Es una zona privada, lo sé por el silencio sepulcral, por la ausencia de gente y por la mirada de sus hombres, que caminan unos pasos detrás de nosotros. Su mano en mi espalda me dirige con una firmeza que no admite objeciones, pero no siento miedo. Siento una extraña curiosidad, una emoción que me atrevo a llamar confianza.
—¿Adónde vamos? —pregunto en voz baja, mi voz apenas rompe el eco de nuestros pasos.
Él no se detiene, pero s