KOSTAS
Me siento aquí, en mi burbuja de cristal, observando el caos que yo mismo he orquestado. El whisky se desliza por mi garganta como un fuego frío que, maldita sea, no apaga nada.
A través del vidrio polarizado, veo la masa. Cuerpos apilados, sudorosos, moviéndose al ritmo brutal del bajo. Beben, ríen con la boca abierta, buscan las pastillas o el polvo que les prometa tres horas de falsa libertad. Son un rebaño bajo mi techo, y su frenesí debería ser un alivio, una distracción.
Pero yo no