KOSTAS
No pesa nada en mis brazos. El mundo a mi alrededor se desvanece, y la rabia me quema al ver la herida que le sangra desde la frente. Me acerco a Nick, quien todavía está en la puerta y se guarda el arma.
—Dos hombres, que se queden —le digo, con voz firme—entierren el cuerpo, y quemen esta porquería de casa.
Él asiente como siempre.
—Debiste haberlo matado hace mucho tiempo —murmura, con los ojos fijos en la casa.
—Bueno, el tiempo de Dios es perfecto, ¿no crees? —le digo, con una sonri