Paulina entró en la habitación de su hijo, le dolió tanto verlo así.
—¿Qué has hecho, hijo? Mírate, estás destruyéndote en vida, no puedo permitirlo, ojalá que puedas perdonarme, y entender que lo he hecho por tu propio bien.
La mujer besó su frente.
Azael seguía dormido, Paulina salió de ahí.
Al hacerlo, encontró a Liliana en la sala de espera.
—Debemos irnos, Liliana.
—¿A dónde? ¿Y su hijo?
Paulina hundió la mirada.
—Con el dolor en mi corazón debo enviarlo a un centro de ayuda, él tie