Al tal Lou le costó apartar los ojos de mi cabestrillo, aunque al escuchar lo que decía Sal, se las compuso para bajar la vista hacia la carpeta de cuero sobre la mesa de café. Mientras yo me sentaba frente a él en el sofá, la abrió para sacar un papel impreso, firmado y sellado y me lo tendió con una sonrisa fugaz.
—Tu copia de la orden de restricción —dijo—. Se emite automáticamente en los casos de violencia doméstica, especialmente en uno agravado como el tuyo.
Me limité a aceptar el document