83

Esa noche me costó dormirme.

Sal se había bajado del auto para caminar conmigo hasta la casa de huéspedes, y me había despedido con uno de esos besos que me dejaban sin aliento y con mariposas en el estómago. Pero no había aceptado mi invitación a entrar.

—No quiero distraerte —había dicho con una sonrisa cálida, deslizando un dedo por mi nariz—. Ve y sueña.

El problema era que todo lo que me dijera seguía dándome vueltas en la cabeza, ahuyentando el sueño.

Con la tranquilidad de quien trabaja
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