El pañuelo de seda negra me impedía ver absolutamente nada.
Permanecí muy quieta, regulando mi respiración para controlar mi curiosidad.
Su mano cubrió la mía, su pulgar acariciando el dorso de mis dedos.
Cuando me soltó, advertí que el auto giraba a la izquierda y avanzaba un poco más antes de detenerse.
Sal apagó el motor y lo oí quitarse el cinturón de seguridad y abrir su puerta. Un momento después abría la mía desde afuera. Sus labios rozaron mi pelo cuando se inclinó para soltar mi cintur