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Acepté subir a cenar en su pent-house, que era tanto o más lujoso que como lo imaginara. Era evidente que mantenerlo debía requerir tres o cuatro empleados domésticos a tiempo completo, aunque no vi ni oí ninguno. El lugar estaba sumido en un silencio perfumado de cítricos, como todo ambiente que él usaba, y las luces se encendía a media intensidad a nuestro paso hacia una amplia cocina comedor, con grandes ventanales orientados hacia la

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MaríaQue se cree ese hombre al reclamarle así!!!! Ya lo odio!!!!
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