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—Respira, Vera —susurró—. Vuelve a relajarte.

Por supuesto, porque era tan sencillo. Su dedo seguía hundido en mi vientre, entrando y saliendo, y por algún motivo que se me escapaba, mi cuerpo no estaba tan indignado como yo por lo que me estaba haciendo.

Seguía tensa como una cuerda de violín, pero la fricción en mi entrepierna me causaba chispazos fugaces en las entrañas. Como si lo percibiera, comenzó a

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