Nicolás me llevó por la acera, delicadamente, hacia el auto oscuro de vidrios polarizados —y muy seguramente blindado— que estaba al pie del restaurante, y frente a él había un hombre vestido con un traje oscuro y una corbata perfectamente ajustada a su cuello. Tenía el cabello más oscuro que yo hubiese visto en mi vida, y unos ojos azules, claros como el hielo, con unas cejas anchas y unas largas pestañas que yo envidié de inmediato. Era un poco más alto que Nicolás, y debajo del traje podía v