No dijimos nada más en un buen rato, mientras nos traían el almuerzo, la verdad. A pesar del silencio, no fue un silencio incómodo; nuestras miradas decían mucho. Nicolás se sentía tranquilo por las palabras que yo le había dicho. Prácticamente, yo había justificado su mal accionar. Pero ¿qué otra cosa podría ser? Necesitaba tenerlo ahí, todavía comiendo de mi mano. Ese plan que me había dado Valentín tendría que funcionar: enamorarlo, jugar con él como había jugado conmigo. ¿Qué tan difícil po