24°

—¿Bombas? —pregunté.

Nicolás intentó acelerar, pero los autos lo tenían rodeado por delante y por detrás. No había escapatoria.

—Tenemos que salir de aquí —me dijo—. No alcanzaremos a ser salvados por mi equipo de seguridad. Están demasiado lejos, no llegarán a tiempo.

Yo no podía permitirme morir de esa forma. El pequeño bebé me estaba esperando en casa. Maldita había sido la hora en la que me había subido a ese auto. Maldita había sido la hora en la que había conocido a Nicolás. Aquel hombre,
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