—Nicolás —dijo una voz al otro lado del callejón—. Sé que estás ahí.
La voz hizo eco, pero ninguno de los dos se atrevió a moverse ni un solo centímetro, como si, al conmovernos, reveláramos nuestra ubicación. Sin siquiera imaginarnos el porqué, al parecer ambos hicimos un pequeño pacto, como si supiéramos que la persona que estaba en el callejón nos haría daño. Probablemente así fuera. Pero nos pusimos de acuerdo para ni siquiera parpadear, para quedarnos ahí, paralizados en el silencio.
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