Intenté moverme, gritar, pero estaba completamente sujeta a la silla. Samuel me observó desde donde estaba, con una expresión en su cara que yo jamás había visto: era una expresión arrogante, fuerte, con una sonrisa cínica que hizo que me entrara rabia, pero también miedo.
—Sí, sí, soy yo vivo —dijo levantando las manos en el aire como si le apuntaran con un arma—. Culpable. La verdad es que fueron tan estúpidamente ingenuos… ¿en serio creíste la ridícula historia de “quiero vengarme de Oliver