En cuanto el doctor pronunció aquellas palabras sentí un nudo irremediable en mi estómago, tan fuerte que me mantuvo de pie ahí un segundo sin siquiera ser capaz de respirar.
Y entonces, cuando sentí el extraño y profundo grito desgarrador de Valentín a mi lado, pude reaccionar completamente.
— ¡Maldita sea! — dijo Valentín, y no esperó ni siquiera un solo segundo para lanzarse al interior de aquella habitación.
Yo le entregué el pequeño bebé a Dalia, que ya se había dormido sobre mi rega