Observé hacia abajo, hacia las escaleras oscuras. Sea lo que sea que me esperara ahí, no podía ser nada bueno. Sabía que no sería nada bueno.
Hice saliva y me puse de pie. Todo el cuerpo me dolió. El golpe tremendo que me había dado contra las escaleras lo sentí con fuerza en mi espalda; en la columna corría hacia arriba y entonces golpeé la puerta.
— ¡Ábreme, maldito niño! — le grité al muchacho, pero evidentemente no apareció.
Sabía que estaba atrapado. Había sido un idiota. ¿Cómo había con