Una hora. Una hora había pasado desde que la ambulancia, camuflada y anónima, se había esfumado en la neblina matutina, llevándose consigo la última chispa del linaje Bianchi. El aroma salino y fresco de la costa se había vuelto pesado, mezclándose con el tufo a miedo, pólvora latente y la sangre seca de Giulio.
Franco y Vittorio se encontraban de pie en el vestíbulo, el gran salón que minutos antes había sido testigo del colapso emocional de Sabrina y la furia contenida de sus guardianes. La p