El sol de la mañana se arrastraba perezosamente por los ventanales de la mansión Bianchi. Sabrina, sedada por el terror de la noche y la promesa de unas vacaciones, había logrado conciliar un sueño superficial. Abajo, en la sala de seguridad, la atmósfera era de expectación fría.
Cinco horas habían transcurrido desde la hora de la supuesta negociación en el yate. Cinco horas de silencio absoluto. No había llamadas, no había informes de éxito, ni la habitual ráfaga de mensajes encriptados. La au