El aire en el ático de la Torre Vityaz, en pleno corazón financiero de Moscú, era tan espeso y gélido como el vodka de grano puro. No era el frío invernal de la ciudad, sino la helada ambiental que emanaba del hombre sentado frente al ventanal blindado que ofrecía una vista vertiginosa del río Moskva congelado.
Konstantin Volkov era un hombre de contradicciones pulidas: vestía un traje de Brioni tan inmaculado que parecía una segunda piel, pero sus ojos azules tenían el brillo implacable de un