Sabrina pasó el resto de la tarde en un estado de entumecimiento emocional. Las lágrimas habían secado el dolor, dejando solo una capa de desesperación helada. La orden de Enzo de vestirse y sonreír era un yugo, pero la oscura verdad de su situación —la de ser un objetivo vivo— la obligaba a obedecer. Ella era el escudo de su propio hijo.
Unas horas después, una mujer elegante, enviada por Vittorio, apareció con una selección de vestidos de alta costura. Sabrina, con la indiferencia de quien el