La paz, como todo lo bueno en la vida de Sabrina, fue una ilusión fugaz. Apenas el sudor se había secado en sus cuerpos y el aroma a sexo y rosas había saturado el aire, el sonido estridente de un teléfono rompió la burbuja de la suite del hotel.
Enzo se movió con la rapidez inherente a un hombre en peligro constante. Se incorporó, su mano buscando a ciegas en el montón de ropa que había arrojado al suelo. Agarró su teléfono y respondió con una sola palabra en italiano que era una orden, no una