El dolor era cegador. Valeria gritaba mientras otra contracción brutal le desgarraba el cuerpo. Estaba recostada en la cama de emergencias que habían preparado en la habitación principal de la casa segura. El sudor corría por su frente y su cabello castaño se pegaba a su piel pálida.
—¡Empuja, Elena! —ordenó la doctora Ruiz con voz firme—. ¡El primero ya viene!
Lucas Montenegro sostenía con fuerza la mano de su hermana, su rostro tenso pero decidido. Nunca imaginó que revelaría su identidad e