«¿Por qué a mí?» Lena repitió esa pregunta tres veces en su cabeza mientras las sobras de comida le escurrían por el vestido.
«El mundo no se acaba», insistió. Las miradas sorprendidas le quemaban la cara.
Era humillante, ridícula y muy estúpido. Se llevó una mano a la cabeza en un intento por recuperar aunque sea una pizca de dignidad.
—No… no me siento muy bien —su voz salió con el tono de fragilidad que necesitaba. Era mentira, ¿pero qué otra cosa podía inventarse?
Daniel reaccionó primero.